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Cómo superar un accidente de tráfico Destacado

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Este artículo surge por obligación propia y petición de mi psicóloga.
Soy una chica de 25 años que hace seis, sufrí un accidente de tráfico junto con dos compañeras.
Escribir estas líneas es muy complejo, puesto que aún estoy buscando mecanismos para enfrentarme a todos mis pensamientos y traumas ocurridos.


Traumas que para mí, hasta hace unos meses eran desconocidos, y con los que aprendí a vivir durante seis años.
Un nudo constante en el estómago, que por días no me dejaba respirar, temblores en las manos, inquietud, miedo… y todo esto asociado a un T.O.C (Trastorno Obsesivo Compulsivo), ya recurrente un par de años antes de mi colisión, tras el fallecimiento de un amigo en otro accidente de tráfico. Sólo eran algunos de los efectos secundarios.
Durante esos seis años ocupé mi mente de forma inconsciente muchas veces, porque creo que mi cabeza no tenía ganas de enfrentarse a nada de lo que había pasado.


Pasé 18 días en el hospital. Me rompí el fémur izquierdo, la tibia, el peroné y el tobillo derecho. Sufrí traumatismo torácico, con desplazamiento de esternón. Del cual hoy en día padezco algún problema: una de mis costillas no quiso saber más de unirse al esternón, por lo que todavía está en proceso de curación. También esguince cervical y lumbar. Que fue lo que más “lata” me dio al principio. Cuatro operaciones espaciados en estos años: material de osteosíntesis, extracción del mismo y también de la vesícula… En fin, NADA, comparado con lo que me habría podido ocurrir.


La recuperación fue dura, y gracias a mis padres, fisioterapeutas y médicos me sobraba la fuerza y la motivación para recuperarme; eso sí, siempre con algún bache emocional.
Durante mi rehabilitación estudié decoración de interiores, que nunca me sirvió para nada, y que mis “amigas” se reían por haberlo hecho, pero fue interesante. Terminé mi carrera de maestra y dos años después aprobé la oposición. Por lo que estuve bastante ocupada en buscarme la vida. Mi trabajo, los niños, me curan. Con mi indemnización (mis piernas no costaron mucho), me compré un coche nuevo, solo pedía el más seguro, el que más airbags tuviera. Y así cogí un poco más de confianza. EL problema vino cuando me di cuenta que no era yo el problema, es que no me fiaba ni me fío de ningún vehículo con el que me cruzo. Tuve mis momentos de tener que estacionar el coche y llorar a un lado de la carretera. Cada vez que paso por el lugar del accidente me saltan las lágrimas, y tan solo hace dos meses lloré desconsoladamente al pasar por allí.


Cuando eres muy joven y pasan cosas traumáticas en tu vida, algunas veces porque uno escoge mal, y otras por que te tocan, la gente de tu alrededor empieza a perder el interés en ti. Al principio te dan cariño, pero después no son conscientes de que sigues necesitando apoyo. Hoy por hoy, tengo claro que fue en parte una fortuna haberlo pasado y saber con quién puedo contar y haberme hecho mucho más sensible de lo que ya era, para poder ayudar a cualquier persona de mi alrededor con sus problemas. Pero lo primero una tarda en olvidarlo…
Durante estos años pasé momentos muy buenos, pero también muy malos. Mi psicóloga dice que se llama el “síndrome del superviviente”, si no me equivoco. Preguntarte por qué tú sí sobreviviste, por qué te quejas de dolores u otras cosas si estás vivo, me siento culpable y tremendamente aliviada porque yo estoy bien y otras personas ni siquiera están para contarlo, por qué no soy capaz de aprovechar cada momento como si fuera el último, porque tengo días en los que no dejo de pensar que parece que voy a morir joven…
Porque sí, después de mi accidente, tengo claro que yo desde muy joven no tengo la capacidad de sentirme inmortal, y mis miedos a la muerte se fueron agravando.


Tan solo hace tres meses mi gato, que falleció delante de mí con tan solo un año (año que para mí fue maravilloso ya que nunca había tenido una mascota, ni sabía hasta qué punto pueden ayudar a una persona), hizo que en mi cabeza se produjera una explosión.
Creía que lloraba todo el día por la pena de mi gato, pero sabía que no podía ser solo por ese motivo. Algo se desencadenaba. Mis obsesiones y culpabilidad se hicieron más fuertes hasta el punto de no poder parar de llorar ni poder levantarme de donde estuviera tumbada o sentada, de no poder pensar y no saber dónde estaba , no me encontraba a mí misma, esa no era yo y me desesperaba.


Gracias a mis padres, de nuevo, y a mi actual pareja; decidieron que debía ir a un psiquiatra para tratarme. Me pareció espeluznante, les decía que yo no estaba loca.
Me negaba, pero accedí porque aún pasando lo que pasé hace seis años, creo que puedo asegurar que nada fue tan terrible como esas dos o tres semanas.
Ahora estoy tomando un tratamiento antidepresivo y anti ansiedad, empiezo a recuperarme, pero no es un camino de rosas. Continúo viendo a mi querida psicóloga, es reconfortante. Hago clases de yoga, uno de los mejores descubrimientos de mi vida.
Vuelves a llevar “palos” con alguna gente que te rodea, y a encontrar otros apoyos que nunca imaginabas.


Poca gente a la que nunca se le ha puesto una piedra en el camino, es capaz de empatizar con gente con problemas. Muchos huyen de las malas noticias y de la gente triste.
Pero estamos rodeados de buenos momentos y de malos, eso es la vida. Hay que enfrentar todo como viene y nunca tirar la toalla. Cuando estamos sin fuerzas, debemos pedir ayuda, porque es una parte fundamental de cualquier proceso. Saber a quién se la estás pidiendo. Y si te equivocas, no pasa absolutamente nada, sin equivocaciones no hay forma de aprender.
Yo tardé en pedir ayuda y en enfrentarme a todo esto, pero fue lo mejor que pude hacer. Uno solo, aunque lo intentes, y parezca que funciona, no lo supera. Pero otras fuentes pueden ayudar a que convivas felizmente con todo ello.

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